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viernes, 7 de enero de 2011

El Niño 5 Mil Millones [con link]

Por Mario Benedetti

En un día del año 1987 nació el niño Cinco Mil Millones. Vino sin etiqueta, así que podía ser negro, blanco, amarillo, etc. Muchos países escogieron al azar un niño Cinco Mil Millones para homenajearlo y hasta para filmarlo y grabar su primer llanto.

Sin embargo, el verdadero niño Cinco Mil Millones no fue homenajeado ni filmado ni acaso tuvo energías para su primer llanto. Mucho antes de nacer ya tenía hambre. Un hambre atroz. Un hambre vieja. Cuando por fin movió sus dedos, éstos tocaron la tierra seca. Cuarteada y seca. Tierra con grietas y esqueletos de perros o de camellos o de vacas. También con el esqueleto del niño número 4.999 999 999.

El verdadero niño Cinco Mil Millones tenía hambre y sed, pero su madre tenía más hambre y más sed y sus pechos oscuros eran como tierra exhausta. Junto a ella, el abuelo del niño tenía hambre y sed más antiguas aún y ya no encontraba en sí mismo ganas de pensar o de creer.

Una semana después, el niño Cinco Mil Millones era un minúsculo esqueleto y en consecuencia disminuyó en algo el horrible riesgo de que el planeta llegara a estar superpoblado.

Eso sí

Por Pedro Zubizarreta

Mención honorífica del «Concurso de Cuento Corto Latinoamericano» convocado por la Agenda Latinoamericana'2004, otorgado y publicado en la Agenda Latinoamericana'2005


El Cholito se muere. El Cholito se va. La enfermedad lo atraviesa de lado a lado. Cinco años tiene. Cinco escasos años y la vida ya lo quiere dejar. Ahora no sufre. Ahora no. Está medio dormido, eso sí. Es por la medicación que le dan los doctores para sacarle el dolor. Junto a la cama del Cholito están los padres derramando lágrimas que se abrazan y corren juntas. El Cholito tiene la panza hinchada y le cuesta respirar. Cuando el Cholito empezó con el dolor en la pierna les dijeron que no era nada. Varios médicos lo miraron. Lo miraron un poco por encima, eso sí. Pero qué puede uno hacer, si los hospitales están sin recursos y el papá del Cholito perdió la seguridad social cuando se quedó sin trabajo. Lo llevaron a un médico privado, que sólo lo atendió cuando reunieron el dinero para pagar la consulta por adelantado. El médico privado tampoco lo examinó demasiado. Diagnosticó “dolores del crecimiento”, eso sí. Todo crecimiento va acompañado de dolor, todos menos justamente el que aludía el facultativo. El crecimiento de los huesos no duele. Pero qué puede saber un padre que apenas completó tres años de la enseñanza primaria. Qué le puede exigir a un médico que pasó por una universidad y salió de ella más miope y egoísta que cuando entró. Nada, sólo agacha la cabeza y acepta. Aunque el Cholo se haya seguido quejando, sin poder dormir a la noche, eso sí. El tiempo fue pasando y el dolor en aumento, acompañado por hinchazón en la rodilla. Artritis, les dijeron. El “güesero” del pueblo le quiso acomodar la rodilla, pero se le fracturó el fémur en el intento. Entonces llegó el momento de viajar a la gran ciudad. El Cholito en un grito con cada cimbronazo del autobús. El viaje largo. La llegada a Buenos Aires, con su multitud anónima hirviendo en la Terminal de Ómnibus. Finalmente llevaron al Cholo al Hospital grande. Los médicos estaban serios, mirando placas radiográficas de la rodilla y del tórax. Le practicaron una biopsia. Después vino un médico a hablarles de la enfermedad, que era maligna y se había desparramado por los pulmones. No respondió al tratamiento de quimioterapia y el Cholo empeoró. La pierna se hinchó como un zapallo.

Cholo, Cholito, no te morís solamente de cáncer, también te morís de analfabetismo, de miseria, de desnutrición, de marginalidad. Te morís de injusticia. Te morís de deuda externa. Te morís de anonimato. Te morís de tan pequeño. Te morís aplastado en las vías del desarrollo. Te morís de intereses ajenos. Te morís de extremo sur. Te morís, eso sí.

Buenos Aires, Argentina

domingo, 19 de septiembre de 2010

Conversación con la Estufa

Por Hermann Hesse.
Está ante mí, corpulenta, panzuda, con las grandes fauces llenas de fuego. Se llama Franklin...
-¿Eres tú Benjamín Franklin?- le pregunté.
-No, sólo Franklin, Francolino. Soy una estufa italiana, una excelente invención. No caliento mucho, pero como invento, como producción de una industria muy desarrollada...
-Sí, ya lo sé. Todas las estufas con nombres hermosos calientan mucho, todas son invenciones excelentes, algunas son productos gloriosos de la industria, como se demuestra en los prospectos. Yo las aprecio mucho, merecen admiración. Pero dime, Franklin, ¿cómo es que una estufa italiana lleva un nombre americano? ¿No es esto extraño?
-No, esto es un secreto, ¿sabes? Los pueblos cobardes tienen canciones populares en que se ensalza el valor. Los pueblos sin amor tienen obras teatrales en que se glorifica al amor. Así nos sucede también a nosotras, las estufas. Una estufa italiana tiene, la mayoría de las veces, un nombre americano, como una estufa alemana tiene, casi siempre, un nombre griego. Son alemanas y no son mejores que yo en nada, pero se llaman Eureka o Fénix o Despedida de Héctor. Esto despierta grandes recuerdos. Por eso me llamo Franklín. Soy una estufa, pero también podía ser un estadista. Tengo una gran boca, caliento poco, escupo humo por un tubo, tengo un buen nombre y despierto grandes recuerdos. Así soy.

-Es cierto -dije yo-; siento gran admiración por usted. Puesto que es usted una estufa italiana, ¿podrían asarse castañas en usted, verdad?

-Ciertamente que sí; cualquiera es libre de hacerlo. Es un pasatiempo que a muchos agrada. Otros hacen versos o juegan al ajedrez. Es cierto que se pueden asar castañas en mí. Es verdad que se queman y no hay quien las coma, pero en eso reside el pasatiempo. Los hombres no aman nada tanto como los pasatiempos, y yo soy una obra humana y debo servir al hombre. Cumplimos con nuestro deber, con nuestro sencillo deber; somos monumentos, ni más ni menos.

-¿Monumentos, dice usted? ¿Se consideran ustedes monumentos?

-Todos nosotros somos monumentos. Nosotros, los productos de la industria, somos monumentos de una cualidad que escasea en la Naturaleza y sólo se encuentra en elevada perfección en los hombres.

-¿Qué cualidad es esa, señor Franklin?

-El sentido de lo poco práctico. Yo soy, como muchos de mis semejantes, un monumento de ese sentido. Me llamo Franklin, soy una estufa, tengo una boca grande que devora la madera, y un gran tubo por el que el calor encuentra el camino más rápido para salir al exterior. Tengo, también, lo que no carece de importancia adornos, leones y otras cosas, y tengo algunas llaves que se pueden abrir y cerrar, lo cual causa mucho placer. Esto también sirve de pasatiempo, igual que las llaves de una flauta que el músico puede abrir o cerrar a discreción. -Esto le da la ilusión de que hace algo simbólico, y así es, en efecto.

-Me maravilla usted, Franklin. Es usted la estufa más juiciosa que he visto hasta ahora. Pero acláreme esto ¿Es usted una estufa en realidad o un monumento?

-¡Cuánta pregunta! Ya sabe usted que el hombre es el único ser que da un sentido a las cosas. El hombre es así; yo estoy a su servicio, soy su obra, me limito a señalar los hechos. El hombre es idealista, es un pensador. Para los animales, un roble es un roble, una montaña es una montaña, el viento es viento, y no un hijo del Cielo. Pero para los hombres todo es divino, todo es profundo, todo es simbólico. Todo significa algo enteramente distinto de lo que es. El ser y el parecer están en litigio. La cosa es una antigua invención, creo que se remonta a Platón. Una muerte es una heroicidad, una epidemia es el dedo de Dios, una guerra es una glorificación de Dios, un cáncer de estómago es una evolución. ¿Cómo podría ser una estufa solamente una estufa? No; ella es un símbolo, un monumento, un mensajero. Cierto que parece ser una estufa, y hasta lo es en algún sentido, pero desde su rostro simple le está sonriendo a usted la antiquísima Esfinge. Ella también es portadora de una idea; también es una voz de lo divino. Por eso se la quiere, por eso se la tributa admiración. Por eso calienta poco y sólo accidentalmente. Por eso se llama Franklin.
Encontrado en: HESSE, Hermann, Cuentos Maravillosos, www.formarse.com.ar

sábado, 28 de agosto de 2010

El Mar

Por Jorge V. Mackenzie

Aquí estoy, mirando desde la colina el pueblo olvidado, el cielo abierto y azul, la costa que se dibuja nítida desde la altura. Ah, sí, es día igual al que se nos vino encima aquel invierno, cuando bajamos a convalecer la derrota en estas playas. Entonces yo tenía diez años menos y usted aún no había cumplido los cuarenta. Entre otras cosas, se trajo a una negra esmeraldeña y se ponía a hacerle el amor delante de nosotros. A mí todavía me dolía el pecho si golpeaba un cigarrillo y la Magolita Quiroz se tapaba los ojos cuando la negra se le abría de piernas. Bravos tiempos aquellos, habíamos encontrado refugio entre las rocas, detrás del hotel, nos pasábamos días enteros allí, encendiendo fogatas como los güevas de los boy[s] scouts, comiendo sardinas enlatadas con galletitas de sal. No bebíamos, qué íbamos a beber si en la playa a duras penas conseguíamos agua. Yo me tendía en la arena y miraba las dunas, pensaba en el desierto convertido en Lawrence de Arabia. Usted reflexionaba sobre todo lo que le había pasado, sobre la música a la que no le tenía mucho respeto y terminaba hablando del mar: el mar es la gran puta, decía, se come hombres y barcos enteros. Nada de lirismo con usted. El mar era el mar y servía para largarse a la China, para extraer peces y perlas y también para morir. Lo del amor es otra cosa, es esto, insistía, y señalaba a la negra que nunca supe de dónde la había sacado.
Los fines de semana eran distintos, los turistas aparecían con sus carpas, prendían radios cerca de nuestro refugio y usted se llenaba las manos de amigos y de enemigos, se llevaba a la boca los tangos y la cerveza; a veces pedía que desalojara mi sitio para cambiar de piel, acostaba a una rubia en la arena y le pagaba su palito fugaz. Yo era su hijo entonces, me iba caminando por la playa a mirar las caras enrojecidas de los muchachos, a palpar con la vista los cuerpos de las niñas crecidas, a leer las huellas de la resaca porque siempre tuve dotes de adivino; con dieciocho años en la vida, ¿quién no? El mar era hostil en esos días, más de una vez lo vi salvar de las aguas a mujeres que usted volvía a la vida con respiración de boca a boca y golpes de pecho. Así, hasta que la Magolita se fue con su indecisión y usted me consoló: no te aflijas, dijo, lo recuerdo bien porque me habló de una manera distinta; desde entonces sus vicios fueron mis vicios, perdí el dolor del humo y aprendí a fumar tabaco negro, me pasé horas hablando y preguntando. Solamente el mar seguía igual, rebotando contra las rocas, echando espumarajos, provocando la brisa fresca, envolvente, el rumor de las aguas y el picante olor del salitre.
Poco a poco el mar nos fue ganando, íbamos y volvíamos de la ciudad. Yo dibujaba torpes olas en mi cuaderno de griego, aguantaba la mesada andando a pie, tratando de conocer una mujer más hermosa y menos indecisa. Nunca lo logré, usted reía cuando me miraba volver solitario. Después descubrimos esta colina, la casa del pescador con su puertita al frente, su retrete de guano; conocimos al dueño que esperaba la luna llena para contarnos sus proezas acuáticas, su lucha con el mar que en verdad era su lucha con la vida. La casa todavía está ahí, abajo, la profusión de caletas, el mar chocando violentamente contra las rocas oscuras.
Ahora estoy aquí para recordarlo, para decirle lo que hice esa noche en que la rueda gris giró más rápido dentro de su cabeza: he venido a contarle algunas cosas, que ya puedo resistir una noche de tragos sin vomitar, que mi madre esta bien, gracias, que nuestro equipo de futbol sigue igual, perdiendo, que hay un buen cine de vez en cuando en la ciudad, que se murió Julio Jaramillo y se le hizo justicia, que todos hemos seguido jodidos, que hago deporte y me emborracho todos los sábados, que me casé, aunque esto no le guste, que esa noche, cuando usted estaba en la casa del pescador y ya los efectos de la última de ron le pusieron calina a su cerebro, discutió conmigo, me puteó de lo lindo, me dijo: es así hijo, no joda, y salió de la casa del pescador que luego me dijo que usted corrió como perseguido, pero yo sé que no, que se iba de frente y todo se reflejó en su rostro que hizo un gesto de asombro, es sus ojos que miraron por última vez el mar en la noche, en los míos que no pudieron aceptar lo que veían: su cuerpo estrellado en el fondo de las rocas y el mar encima suyo, el mar que es la gran puta, se traga por igual al padre y al hombre.

(De Músicos y amaneceres, 1988)

Tomado de: MACKENZIE, Jorge Velasco, “El Mar”, en: No tanto como todos los cuentos, pp. 62-64, Colección Cuarto Creciente 2004, 1ra. Edición, Campaña Nacional Eugenio Espejo por el Libro y la Lectura, Quito, 2004.

El Paseo Repentino

Por Franz Kafka

Cuando por la noche uno parece haberse decidido terminantemente a quedarse en casa; se ha puesto una bata; después de la cena se ha sentado a la mesa iluminada, dispuesto a hacer aquel trabajo o a jugar aquel juego luego de terminado el cual habitualmente uno se va a dormir; cuando afuera el tiempo es tan malo que lo más natural es quedarse en casa; cuando uno ya ha pasado tan largo rato sentado tranquilo a la mesa que irse provocaría el asombro de todos; cuando ya la escalera está oscura y la puerta de calle trancada; y cuando entonces uno, a pesar de todo esto, presa de una repentina desazón, se cambia la bata; aparece en seguida vestido de calle; explica que tiene que salir, y además lo hace después de despedirse rápidamente; cuando uno cree haber dado a entender mayor o menor disgusto de acuerdo con la celeridad con que ha cerrado la casa dando un portazo; cuando en la calle uno se reencuentra, dueño de miembros que responden con una especial movilidad a esta libertad ya inesperada que uno les ha conseguido; cuando mediante esta sola decisión uno siente concentrada en sí toda la capacidad determinativa; cuando uno, otorgando al hecho una mayor importancia que la habitual, se da cuenta de que tiene más fuerza para provocar y soportar el más rápido cambio que necesidad de hacerlo, y cuando uno va así corriendo por las largas calles, entonces uno, por esa noche, se ha separado completamente de su familia, que se va escurriendo hacia la insustancialidad, mientras uno, completamente denso, negro de tan preciso, golpeándose los muslos por detrás, se yergue en su verdadera estatura.
Todo esto se intensifica aún más si a estas altas horas de la noche uno se dirige a casa de un amigo para saber cómo le va.