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lunes, 28 de mayo de 2012

La noche de los feos

Por Mario Benedetti
Cuento

1
Ambos somos feos. Ni siquiera vulgarmente feos. Ella tiene un pómulo hundido. Desde los ocho años, cuando le hicieron la operación. Mi asquerosa marca junto a la boca viene de una quemadura feroz, ocurrida a comienzos de mi adolescencia.
Tampoco puede decirse que tengamos ojos tiernos, esa suerte de faros de justificación por los que a veces los horribles consiguen arrimarse a la belleza. No, de ningún modo. Tanto los de ella como los míos son ojos de resentimiento, que sólo reflejan la poca o ninguna resignación con que enfrentamos nuestro infortunio. Quizá eso nos haya unido. Tal vez unido no sea la palabra más apropiada. Me refiero al odio implacable que cada uno de nosotros siente por su propio rostro.
Nos conocimos a la entrada del cine, haciendo cola para ver en la pantalla a dos hermosos cualesquiera. Allí fue donde por primera vez nos examinamos sin simpatía pero con oscura solidaridad; allí fue donde registramos, ya desde la primera ojeada, nuestras respectivas soledades. En la cola todos estaban de a dos, pero además eran auténticas parejas: esposos, novios, amantes, abuelitos, vaya uno a saber. Todos -de la mano o del brazo- tenían a alguien. Sólo ella y yo teníamos las manos sueltas y crispadas.
Nos miramos las respectivas fealdades con detenimiento, con insolencia, sin curiosidad. Recorrí la hendidura de su pómulo con la garantía de desparpajo que me otorgaba mi mejilla encogida. Ella no se sonrojó. Me gustó que fuera dura, que devolviera mi inspección con una ojeada minuciosa a la zona lisa, brillante, sin barba, de mi vieja quemadura.
Por fin entramos. Nos sentamos en filas distintas, pero contiguas. Ella no podía mirarme, pero yo, aun en la penumbra, podía distinguir su nuca de pelos rubios, su oreja fresca bien formada. Era la oreja de su lado normal.
Durante una hora y cuarenta minutos admiramos las respectivas bellezas del rudo héroe y la suave heroína. Por lo menos yo he sido siempre capaz de admirar lo lindo. Mi animadversión la reservo para mi rostro y a veces para Dios. También para el rostro de otros feos, de otros espantajos. Quizá debería sentir piedad, pero no puedo. La verdad es que son algo así como espejos. A veces me pregunto qué suerte habría corrido el mito si Narciso hubiera tenido un pómulo hundido, o el ácido le hubiera quemado la mejilla, o le faltara media nariz, o tuviera una costura en la frente.
La esperé a la salida. Caminé unos metros junto a ella, y luego le hablé. Cuando se detuvo y me miró, tuve la impresión de que vacilaba. La invité a que charláramos un rato en un café o una confitería. De pronto aceptó.
La confitería estaba llena, pero en ese momento se desocupó una mesa. A medida que pasábamos entre la gente, quedaban a nuestras espaldas las señas, los gestos de asombro. Mis antenas están particularmente adiestradas para captar esa curiosidad enfermiza, ese inconsciente sadismo de los que tienen un rostro corriente, milagrosamente simétrico. Pero esta vez ni siquiera era necesaria mi adiestrada intuición, ya que mis oídos alcanzaban para registrar murmullos, tosecitas, falsas carrasperas. Un rostro horrible y aislado tiene evidentemente su interés; pero dos fealdades juntas constituyen en sí mismas un espectáculos mayor, poco menos que coordinado; algo que se debe mirar en compañía, junto a uno (o una) de esos bien parecidos con quienes merece compartirse el mundo.
Nos sentamos, pedimos dos helados, y ella tuvo coraje (eso también me gustó) para sacar del bolso su espejito y arreglarse el pelo. Su lindo pelo.
"¿Qué está pensando?", pregunté.
Ella guardó el espejo y sonrió. El pozo de la mejilla cambió de forma.
"Un lugar común", dijo. "Tal para cual".
Hablamos largamente. A la hora y media hubo que pedir dos cafés para justificar la prolongada permanencia. De pronto me di cuenta de que tanto ella como yo estábamos hablando con una franqueza tan hiriente que amenazaba traspasar la sinceridad y convertirse en un casi equivalente de la hipocresía. Decidí tirarme a fondo.
"Usted se siente excluida del mundo, ¿verdad?"
"Sí", dijo, todavía mirándome.
"Usted admira a los hermosos, a los normales. Usted quisiera tener un rostro tan equilibrado como esa muchachita que está a su derecha, a pesar de que usted es inteligente, y ella, a juzgar por su risa, irremisiblemente estúpida."
"Sí."
Por primera vez no pudo sostener mi mirada.
"Yo también quisiera eso. Pero hay una posibilidad, ¿sabe?, de que usted y yo lleguemos a algo."
"¿Algo cómo qué?"
"Como querernos, caramba. O simplemente congeniar. Llámele como quiera, pero hay una posibilidad."
Ella frunció el ceño. No quería concebir esperanzas.
"Prométame no tomarme como un chiflado."
"Prometo."
"La posibilidad es meternos en la noche. En la noche íntegra. En lo oscuro total. ¿Me entiende?"
"No."
"¡Tiene que entenderme! Lo oscuro total. Donde usted no me vea, donde yo no la vea. Su cuerpo es lindo, ¿no lo sabía?"
Se sonrojó, y la hendidura de la mejilla se volvió súbitamente escarlata.
"Vivo solo, en un apartamento, y queda cerca."
Levantó la cabeza y ahora sí me miró preguntándome, averiguando sobre mí, tratando desesperadamente de llegar a un diagnóstico.
"Vamos", dijo.

2
No sólo apagué la luz sino que además corrí la doble cortina. A mi lado ella respiraba. Y no era una respiración afanosa. No quiso que la ayudara a desvestirse.
Yo no veía nada, nada. Pero igual pude darme cuenta de que ahora estaba inmóvil, a la espera. Estiré cautelosamente una mano, hasta hallar su pecho. Mi tacto me transmitió una versión estimulante, poderosa. Así vi su vientre, su sexo. Sus manos también me vieron.
En ese instante comprendí que debía arrancarme (y arrancarla) de aquella mentira que yo mismo había fabricado. O intentado fabricar. Fue como un relámpago. No éramos eso. No éramos eso.

Tuve que recurrir a todas mis reservas de coraje, pero lo hice. Mi mano ascendió lentamente hasta su rostro, encontró el surco de horror, y empezó una lenta, convincente y convencida caricia. En realidad mis dedos (al principio un poco temblorosos, luego progresivamente serenos) pasaron muchas veces sobre sus lágrimas.
Entonces, cuando yo menos lo esperaba, su mano también llegó a mi cara, y pasó y repasó el costurón y el pellejo liso, esa isla sin barba de mi marca siniestra.
Lloramos hasta el alba. Desgraciados, felices. Luego me levanté y descorrí la cortina doble.
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lunes, 28 de noviembre de 2011

El hombre invisible

Por Gabriel Gimenez Emán


Aquel hombre era invisible, pero nadie se percató de ello.


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martes, 19 de abril de 2011

Diálogo sobre un diálogo

Por J. L. Borges




A- Distraídos en razonar la inmortalidad, habíamos dejado que anocheciera sin encender la lámpara. No nos veíamos las caras. Con una indiferencia y una dulzura más convincentes que el fervor, la voz de Macedonio Fernández repetía que el alma es inmortal. Me aseguraba que la muerte del cuerpo es del todo insignificante y que morirse tiene que ser el hecho más nulo que puede sucederle a un hombre. Yo jugaba con la navaja de Macedonio; la abría y la cerraba. Un acordeón vecino despachaba infinitamente la Cumparsita, esa pamplina consternada que les gusta a muchas personas, porque les mintieron que es vieja... Yo le propuse a Macedonio que nos suicidáramos, para discutir sin estorbo.

Z (burlón)- Pero sospecho que al final no se resolvieron

A (ya en plena mística)- Francamente no recuerdo si esa noche nos suicidamos.






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http://www.taringa.net/posts/arte/8951248/3-cuentos-cortos-de-Borges.html

viernes, 7 de enero de 2011

El Niño 5 Mil Millones [con link]

Por Mario Benedetti

En un día del año 1987 nació el niño Cinco Mil Millones. Vino sin etiqueta, así que podía ser negro, blanco, amarillo, etc. Muchos países escogieron al azar un niño Cinco Mil Millones para homenajearlo y hasta para filmarlo y grabar su primer llanto.

Sin embargo, el verdadero niño Cinco Mil Millones no fue homenajeado ni filmado ni acaso tuvo energías para su primer llanto. Mucho antes de nacer ya tenía hambre. Un hambre atroz. Un hambre vieja. Cuando por fin movió sus dedos, éstos tocaron la tierra seca. Cuarteada y seca. Tierra con grietas y esqueletos de perros o de camellos o de vacas. También con el esqueleto del niño número 4.999 999 999.

El verdadero niño Cinco Mil Millones tenía hambre y sed, pero su madre tenía más hambre y más sed y sus pechos oscuros eran como tierra exhausta. Junto a ella, el abuelo del niño tenía hambre y sed más antiguas aún y ya no encontraba en sí mismo ganas de pensar o de creer.

Una semana después, el niño Cinco Mil Millones era un minúsculo esqueleto y en consecuencia disminuyó en algo el horrible riesgo de que el planeta llegara a estar superpoblado.

Eso sí

Por Pedro Zubizarreta

Mención honorífica del «Concurso de Cuento Corto Latinoamericano» convocado por la Agenda Latinoamericana'2004, otorgado y publicado en la Agenda Latinoamericana'2005


El Cholito se muere. El Cholito se va. La enfermedad lo atraviesa de lado a lado. Cinco años tiene. Cinco escasos años y la vida ya lo quiere dejar. Ahora no sufre. Ahora no. Está medio dormido, eso sí. Es por la medicación que le dan los doctores para sacarle el dolor. Junto a la cama del Cholito están los padres derramando lágrimas que se abrazan y corren juntas. El Cholito tiene la panza hinchada y le cuesta respirar. Cuando el Cholito empezó con el dolor en la pierna les dijeron que no era nada. Varios médicos lo miraron. Lo miraron un poco por encima, eso sí. Pero qué puede uno hacer, si los hospitales están sin recursos y el papá del Cholito perdió la seguridad social cuando se quedó sin trabajo. Lo llevaron a un médico privado, que sólo lo atendió cuando reunieron el dinero para pagar la consulta por adelantado. El médico privado tampoco lo examinó demasiado. Diagnosticó “dolores del crecimiento”, eso sí. Todo crecimiento va acompañado de dolor, todos menos justamente el que aludía el facultativo. El crecimiento de los huesos no duele. Pero qué puede saber un padre que apenas completó tres años de la enseñanza primaria. Qué le puede exigir a un médico que pasó por una universidad y salió de ella más miope y egoísta que cuando entró. Nada, sólo agacha la cabeza y acepta. Aunque el Cholo se haya seguido quejando, sin poder dormir a la noche, eso sí. El tiempo fue pasando y el dolor en aumento, acompañado por hinchazón en la rodilla. Artritis, les dijeron. El “güesero” del pueblo le quiso acomodar la rodilla, pero se le fracturó el fémur en el intento. Entonces llegó el momento de viajar a la gran ciudad. El Cholito en un grito con cada cimbronazo del autobús. El viaje largo. La llegada a Buenos Aires, con su multitud anónima hirviendo en la Terminal de Ómnibus. Finalmente llevaron al Cholo al Hospital grande. Los médicos estaban serios, mirando placas radiográficas de la rodilla y del tórax. Le practicaron una biopsia. Después vino un médico a hablarles de la enfermedad, que era maligna y se había desparramado por los pulmones. No respondió al tratamiento de quimioterapia y el Cholo empeoró. La pierna se hinchó como un zapallo.

Cholo, Cholito, no te morís solamente de cáncer, también te morís de analfabetismo, de miseria, de desnutrición, de marginalidad. Te morís de injusticia. Te morís de deuda externa. Te morís de anonimato. Te morís de tan pequeño. Te morís aplastado en las vías del desarrollo. Te morís de intereses ajenos. Te morís de extremo sur. Te morís, eso sí.

Buenos Aires, Argentina

domingo, 19 de septiembre de 2010

Conversación con la Estufa

Por Hermann Hesse.
Está ante mí, corpulenta, panzuda, con las grandes fauces llenas de fuego. Se llama Franklin...
-¿Eres tú Benjamín Franklin?- le pregunté.
-No, sólo Franklin, Francolino. Soy una estufa italiana, una excelente invención. No caliento mucho, pero como invento, como producción de una industria muy desarrollada...
-Sí, ya lo sé. Todas las estufas con nombres hermosos calientan mucho, todas son invenciones excelentes, algunas son productos gloriosos de la industria, como se demuestra en los prospectos. Yo las aprecio mucho, merecen admiración. Pero dime, Franklin, ¿cómo es que una estufa italiana lleva un nombre americano? ¿No es esto extraño?
-No, esto es un secreto, ¿sabes? Los pueblos cobardes tienen canciones populares en que se ensalza el valor. Los pueblos sin amor tienen obras teatrales en que se glorifica al amor. Así nos sucede también a nosotras, las estufas. Una estufa italiana tiene, la mayoría de las veces, un nombre americano, como una estufa alemana tiene, casi siempre, un nombre griego. Son alemanas y no son mejores que yo en nada, pero se llaman Eureka o Fénix o Despedida de Héctor. Esto despierta grandes recuerdos. Por eso me llamo Franklín. Soy una estufa, pero también podía ser un estadista. Tengo una gran boca, caliento poco, escupo humo por un tubo, tengo un buen nombre y despierto grandes recuerdos. Así soy.

-Es cierto -dije yo-; siento gran admiración por usted. Puesto que es usted una estufa italiana, ¿podrían asarse castañas en usted, verdad?

-Ciertamente que sí; cualquiera es libre de hacerlo. Es un pasatiempo que a muchos agrada. Otros hacen versos o juegan al ajedrez. Es cierto que se pueden asar castañas en mí. Es verdad que se queman y no hay quien las coma, pero en eso reside el pasatiempo. Los hombres no aman nada tanto como los pasatiempos, y yo soy una obra humana y debo servir al hombre. Cumplimos con nuestro deber, con nuestro sencillo deber; somos monumentos, ni más ni menos.

-¿Monumentos, dice usted? ¿Se consideran ustedes monumentos?

-Todos nosotros somos monumentos. Nosotros, los productos de la industria, somos monumentos de una cualidad que escasea en la Naturaleza y sólo se encuentra en elevada perfección en los hombres.

-¿Qué cualidad es esa, señor Franklin?

-El sentido de lo poco práctico. Yo soy, como muchos de mis semejantes, un monumento de ese sentido. Me llamo Franklin, soy una estufa, tengo una boca grande que devora la madera, y un gran tubo por el que el calor encuentra el camino más rápido para salir al exterior. Tengo, también, lo que no carece de importancia adornos, leones y otras cosas, y tengo algunas llaves que se pueden abrir y cerrar, lo cual causa mucho placer. Esto también sirve de pasatiempo, igual que las llaves de una flauta que el músico puede abrir o cerrar a discreción. -Esto le da la ilusión de que hace algo simbólico, y así es, en efecto.

-Me maravilla usted, Franklin. Es usted la estufa más juiciosa que he visto hasta ahora. Pero acláreme esto ¿Es usted una estufa en realidad o un monumento?

-¡Cuánta pregunta! Ya sabe usted que el hombre es el único ser que da un sentido a las cosas. El hombre es así; yo estoy a su servicio, soy su obra, me limito a señalar los hechos. El hombre es idealista, es un pensador. Para los animales, un roble es un roble, una montaña es una montaña, el viento es viento, y no un hijo del Cielo. Pero para los hombres todo es divino, todo es profundo, todo es simbólico. Todo significa algo enteramente distinto de lo que es. El ser y el parecer están en litigio. La cosa es una antigua invención, creo que se remonta a Platón. Una muerte es una heroicidad, una epidemia es el dedo de Dios, una guerra es una glorificación de Dios, un cáncer de estómago es una evolución. ¿Cómo podría ser una estufa solamente una estufa? No; ella es un símbolo, un monumento, un mensajero. Cierto que parece ser una estufa, y hasta lo es en algún sentido, pero desde su rostro simple le está sonriendo a usted la antiquísima Esfinge. Ella también es portadora de una idea; también es una voz de lo divino. Por eso se la quiere, por eso se la tributa admiración. Por eso calienta poco y sólo accidentalmente. Por eso se llama Franklin.
Encontrado en: HESSE, Hermann, Cuentos Maravillosos, www.formarse.com.ar

sábado, 28 de agosto de 2010

El Mar

Por Jorge V. Mackenzie

Aquí estoy, mirando desde la colina el pueblo olvidado, el cielo abierto y azul, la costa que se dibuja nítida desde la altura. Ah, sí, es día igual al que se nos vino encima aquel invierno, cuando bajamos a convalecer la derrota en estas playas. Entonces yo tenía diez años menos y usted aún no había cumplido los cuarenta. Entre otras cosas, se trajo a una negra esmeraldeña y se ponía a hacerle el amor delante de nosotros. A mí todavía me dolía el pecho si golpeaba un cigarrillo y la Magolita Quiroz se tapaba los ojos cuando la negra se le abría de piernas. Bravos tiempos aquellos, habíamos encontrado refugio entre las rocas, detrás del hotel, nos pasábamos días enteros allí, encendiendo fogatas como los güevas de los boy[s] scouts, comiendo sardinas enlatadas con galletitas de sal. No bebíamos, qué íbamos a beber si en la playa a duras penas conseguíamos agua. Yo me tendía en la arena y miraba las dunas, pensaba en el desierto convertido en Lawrence de Arabia. Usted reflexionaba sobre todo lo que le había pasado, sobre la música a la que no le tenía mucho respeto y terminaba hablando del mar: el mar es la gran puta, decía, se come hombres y barcos enteros. Nada de lirismo con usted. El mar era el mar y servía para largarse a la China, para extraer peces y perlas y también para morir. Lo del amor es otra cosa, es esto, insistía, y señalaba a la negra que nunca supe de dónde la había sacado.
Los fines de semana eran distintos, los turistas aparecían con sus carpas, prendían radios cerca de nuestro refugio y usted se llenaba las manos de amigos y de enemigos, se llevaba a la boca los tangos y la cerveza; a veces pedía que desalojara mi sitio para cambiar de piel, acostaba a una rubia en la arena y le pagaba su palito fugaz. Yo era su hijo entonces, me iba caminando por la playa a mirar las caras enrojecidas de los muchachos, a palpar con la vista los cuerpos de las niñas crecidas, a leer las huellas de la resaca porque siempre tuve dotes de adivino; con dieciocho años en la vida, ¿quién no? El mar era hostil en esos días, más de una vez lo vi salvar de las aguas a mujeres que usted volvía a la vida con respiración de boca a boca y golpes de pecho. Así, hasta que la Magolita se fue con su indecisión y usted me consoló: no te aflijas, dijo, lo recuerdo bien porque me habló de una manera distinta; desde entonces sus vicios fueron mis vicios, perdí el dolor del humo y aprendí a fumar tabaco negro, me pasé horas hablando y preguntando. Solamente el mar seguía igual, rebotando contra las rocas, echando espumarajos, provocando la brisa fresca, envolvente, el rumor de las aguas y el picante olor del salitre.
Poco a poco el mar nos fue ganando, íbamos y volvíamos de la ciudad. Yo dibujaba torpes olas en mi cuaderno de griego, aguantaba la mesada andando a pie, tratando de conocer una mujer más hermosa y menos indecisa. Nunca lo logré, usted reía cuando me miraba volver solitario. Después descubrimos esta colina, la casa del pescador con su puertita al frente, su retrete de guano; conocimos al dueño que esperaba la luna llena para contarnos sus proezas acuáticas, su lucha con el mar que en verdad era su lucha con la vida. La casa todavía está ahí, abajo, la profusión de caletas, el mar chocando violentamente contra las rocas oscuras.
Ahora estoy aquí para recordarlo, para decirle lo que hice esa noche en que la rueda gris giró más rápido dentro de su cabeza: he venido a contarle algunas cosas, que ya puedo resistir una noche de tragos sin vomitar, que mi madre esta bien, gracias, que nuestro equipo de futbol sigue igual, perdiendo, que hay un buen cine de vez en cuando en la ciudad, que se murió Julio Jaramillo y se le hizo justicia, que todos hemos seguido jodidos, que hago deporte y me emborracho todos los sábados, que me casé, aunque esto no le guste, que esa noche, cuando usted estaba en la casa del pescador y ya los efectos de la última de ron le pusieron calina a su cerebro, discutió conmigo, me puteó de lo lindo, me dijo: es así hijo, no joda, y salió de la casa del pescador que luego me dijo que usted corrió como perseguido, pero yo sé que no, que se iba de frente y todo se reflejó en su rostro que hizo un gesto de asombro, es sus ojos que miraron por última vez el mar en la noche, en los míos que no pudieron aceptar lo que veían: su cuerpo estrellado en el fondo de las rocas y el mar encima suyo, el mar que es la gran puta, se traga por igual al padre y al hombre.

(De Músicos y amaneceres, 1988)

Tomado de: MACKENZIE, Jorge Velasco, “El Mar”, en: No tanto como todos los cuentos, pp. 62-64, Colección Cuarto Creciente 2004, 1ra. Edición, Campaña Nacional Eugenio Espejo por el Libro y la Lectura, Quito, 2004.

El Paseo Repentino

Por Franz Kafka

Cuando por la noche uno parece haberse decidido terminantemente a quedarse en casa; se ha puesto una bata; después de la cena se ha sentado a la mesa iluminada, dispuesto a hacer aquel trabajo o a jugar aquel juego luego de terminado el cual habitualmente uno se va a dormir; cuando afuera el tiempo es tan malo que lo más natural es quedarse en casa; cuando uno ya ha pasado tan largo rato sentado tranquilo a la mesa que irse provocaría el asombro de todos; cuando ya la escalera está oscura y la puerta de calle trancada; y cuando entonces uno, a pesar de todo esto, presa de una repentina desazón, se cambia la bata; aparece en seguida vestido de calle; explica que tiene que salir, y además lo hace después de despedirse rápidamente; cuando uno cree haber dado a entender mayor o menor disgusto de acuerdo con la celeridad con que ha cerrado la casa dando un portazo; cuando en la calle uno se reencuentra, dueño de miembros que responden con una especial movilidad a esta libertad ya inesperada que uno les ha conseguido; cuando mediante esta sola decisión uno siente concentrada en sí toda la capacidad determinativa; cuando uno, otorgando al hecho una mayor importancia que la habitual, se da cuenta de que tiene más fuerza para provocar y soportar el más rápido cambio que necesidad de hacerlo, y cuando uno va así corriendo por las largas calles, entonces uno, por esa noche, se ha separado completamente de su familia, que se va escurriendo hacia la insustancialidad, mientras uno, completamente denso, negro de tan preciso, golpeándose los muslos por detrás, se yergue en su verdadera estatura.
Todo esto se intensifica aún más si a estas altas horas de la noche uno se dirige a casa de un amigo para saber cómo le va.

sábado, 10 de abril de 2010

Gaspar Blondín

(Lectura, cuento)
Por Juan Montalvo
(*) En esta edición aparece como nota al título la siguiente presentación: «He vuelto al castellano este primer cuento de una serie que escribí en francés, en París, bajo el influjo de una larga calentura. Cosas compuestas en la cama por un delirante, deben antes tenerse por ensueños.»


Atravesaba yo los Alpes en una noche tempestuosa, y me acogí a un tambo o posada del camino: silbaba el viento, lurtes inmensos rodaban al abismo, produciendo un ruido funesto en la oscuridad; y en medio de esta naturaleza amenazadora, reunidos los pasajeros, el dueño de la casa refirió lo siguiente:
“No hace mucho tiempo llegó aquí un desconocido del más extraño y pavoroso semblante: mis hijos le temieron al verle, y me rogaron no recibirle en la casa. ¿Qué secreto enlobreguecía a ese hombre?, ¿qué horrible crimen pesaba sobre él? No sé, le designé su cuarto, no muy firme de ánimo yo mismo, suplicándole se recogiese en él, atento que era tarde, si bien a ello me inducía el deseo de librarme de tal huésped. Húbose apenas retirado, cuando dos hombres armados se presentaron en el mesón, inquiriendo por un malandrín, cuyas señas dieron: eran dos gendarmes que le seguían la pista.
Más cualquiera que fuese su calidad, nunca habría yo faltado a las costumbres hospitalarias que aprendí de mis padres, quienes me enseñaron a socorrer, aun a los criminales, cuando se viesen perseguidos. Dije pues a los alguaciles que no habíamos visto ninguna persona de tal gesto como nos la describían. No me lo creyeron, sabuesos de fino olfato como eran, y en derechura se dirigieron al aposento de aquel hombre.
Placióme el verlos entrar allí, pues, al no intervenir denuncio de mi parte, nada deseaba yo más que verme desocupado de semejante amigo.
Más cuales no fueran mi sorpresa y mi disgusto cuando vi salir a los gendarmes exclamando: Ah, don tambero, ¿en dónde le ha ocultado usted?
Escaparse no pudo el fugitivo; vile entrar en su cuarto, que no tiene salida sino es por la puerta, de la cual no había apartado yo los ojos. ¿Qué ente extraordinario era ese?
Amenazáronme los ministriles con volver dentro de poco, provistos de mejores ordenes y no dejé de conturbarme. Aún no bien habían salido al camino, cuando oímos un horroroso estrépito en el tugurio del huésped misterioso: vile enseguida aparecer en el dintel de su puerta, salir precipitado, y venir a caer a mis pies echando espuma por la boca, todo desarrapado y contorcido. Los gendarmes volvieron, le prendieron, le amarraron, y en volantas le llevaron, a pesar de la profunda oscuridad y de la lluvia que caía a torrentes.
Al otro día supe en el pueblo vecino que ese hombre perturbaba todos los alrededores hacía algunos meses: oculto de día, rondaba de noche. Decíanse de él cosas muy inverosímiles, y muy de temer, si verdaderas; pero su único crimen conocido y probado era la muerte de su esposa.
Su querida, por cuyo amor había obrado esa acción abominable, se volvió por su influencia personaje tan raro y peligroso como él: temíanla los niños sin motivo, las mujeres evitaban su encuentro, y cuando la veían mal grado suyo, menudeaban las cruces en el pecho. Y aun dicen que sobrepujó a su amante en las negras acciones, metiéndose tan adentro en el comercio de los espíritus malignos, que le fue funesta a él mismo.
Un día citó a su hombre a un caserón botado, tristes ruinas por las cuales nadie se atrevía a pasar de noche; era fama que un fantasma se había apoderado de ellas, y que en las horas del silencio acudían allá una legión de brujas y demonios, a consumar los más pavorosos misterios, en medio de carcajadas, aullidos y lamentos capaces de traer al cielo abajo.
Suenan las doce, viene el amante: llama a la puerta, nada... nada; responde solo el eco. ¿Duerme la ...bella?, ¿faltó a la cita? Un leve aleteo se deja oír sobre un viejo sauce del camino; luego un suspiro largo y profundo; luego estas palabras en quejumbroso acento: “¡Mucho has tardado, amigo mío!” Y como al volverse nada vio el desconocido, con voz siniestra prorrumpió: ¡Casta maldita!, en vano procuras engañarme: acuérdate que la fosa humea todavía, y que... Ah, tú me la pagarás. ¿Qué tienes Gaspar? dijo su querida, arrojándose de súbito en sus brazos; ¿de qué te quejas?... ¡Duro, duro! estréchame contra tu corazón. Y como el diablo de hombre fuese acometido por un arranque de amor irreversible, abrazóla como para matarla: ¡Angélica!, exclamaba, ¡Angélica de mi alma! las estrellas no son sino asquerosos insectos que roen la bóveda celeste. Más luego echó de ver que apretaba en vano, que a nadie tenía entre sus brazos. Horrorizado él mismo, huyóse dando un grito espantoso en las tinieblas.
Al otro día un hombre del campo vino aquejarse al teniente del pueblo que su hijita había desaparecido impensadamente de la casa. Dijo él triste, con lágrimas que a lo largo rodaban por su rostro, que abrigaba sospechas vehementes contra un tal Gaspar Blondín, hombre de temerosas costumbres, que ocultaba su vida envuelto en el misterio. Habíasele visto la tarde anterior rondando por los alrededores de la casa, y aun entró en ella sin objeto conocido; y como la niña jugaba en el patio, acaricióla y dirigiéndose a su padre le dijo: Bella niña, bella niña, mi querido Cornifiche; ¿la vende usted? Los perros se lanzaron sobre él, y desapareció por la quebrada.
Pasó la noche, amaneció Dios, y la cama de la muchachita se encontró vacía. Blondín no apareció en ninguna parte, a pesar de que todos los parientes y amigos del campesino echaron a buscarle. El pobre paisano lloraba tanto más, cuanto que, decía, en su vida se había llamado Cornifiche.
La tarde del mismo día que tuvo lugar esta demanda, Blondín acudió a buscar a su querida en los escombros conocidos: “¡Todo se ha perdido!” exclamó ésta así como lo vio: el monstruo ha dado a luz tres ángeles. Mira, ¡Gaspar! en vano, en vano te amo... Pero has hecho bien en traerme a mi chiquilla, ¡Aureliana!, ¡Aureliana! decía rompiendo la cara a besos a la niña que Blondín acababa de presentarla; el gato maúlla, el mono grita, la olla hierve... Ven, ven, ¡Gaspar! añadió, y arrastró a su amante al interior de un cuarto hundido y sin culata, en donde largo tiempo había que murciélagos tenían sus hogares.
Blondín encontró la cama fría como nieve: guardaba silencio su querida, y a la luz de un mechero que alumbraba la estancia turbiamente, echó de ver que lo que tenía en sus brazos era el cadáver sangriento de su esposa. Volvió a correr horrorizado, y desde entonces ni más se ha vuelto a ver a tal Blondín”.
– ¿Cómo le hubieran visto? dijo a esta sazón uno de los oyentes, el cual, habiendo entrado mientras el tambero recitaba su tragedia, se dejó estar a la sombra en un rincón del comedor; ¿cómo le hubieran visto?, le ahorcaron en Turín hace dos meses.
– ¡Yo sé muy bien! repuso el tambero medio enojado, ¡capo di Dio! ¿Por qué no me deja usted concluir la relación de mi historia? Huéspedes hay muy indiscretos.
– No tenga usted cuidado, señor alojero, replicó el desconocido; va usted a concluirla en términos mejores.
Y levantándose de su rincón se acercó nosotros, al mismo tiempo que se alzaba su gran sombrero auberniano de ancha ala. Miróle el tambero con ojos azorados, palideció y gritó cayendo para atrás: ¡Blondín!... él es.
París, agosto 6 de 1858.
***

Tomado de: MONTALVO, Juan, “Gaspar Blondín”, en: Juan Montalvo Cuentos, pp. 53-58, Impreso por Casa de Montalvo, 2da. Edición, Ambato, 2000. El cuento aparece en el apartado ‘Cuentos Fantásticos’, en una de sus obras, El Cosmopolita.

miércoles, 24 de marzo de 2010

El Cuento

(Lectura, Cuento)
Por: Pablo Palacio

Existen en la actualidad asuntos importantísimos de explotación sociológica y política: lo de Marruecos, los sistemas de colonización francesa y española, el gran problema de las finanzas, la identidad de la Europa feudal y la América colonial, la difícil cuestión de la procedencia de los primeros habitantes de este continente, y muchísimos más. Pero creo que brilla sobre todos la eternamente nueva y eternamente vieja opinión pública.
¡La opinión pública, freno de gobernantes y único timón seguro para conducir con buen éxito la nave del estado! ¡La opinión pública, morigeradora de las costumbres políticas, de las costumbres sociales, de las costumbres religiosas!
Supongamos que pudiera existir un hombre que participe sincera e idénticamente de estas ideas. Luego este hombre debe llamarse Francisco o Manuel y estar a la media edad, entre gordo y flaco, entre barbudo y no barbudo.
Este don Francisco o don Manuel, tiene que ser pequeño, de párpados con bolsas, usar jaquet y detestable sombrero.
Andará lentamente, blandiendo el bastón y moviendo las caderas.
Solterón y aburrido, deberá tener una amiga que fue amiga de todos, conquistada a fuerza de acostumbramiento, y a quien cualquier mequetrefe pudo llamar:
−Pst. Pst… (etc.).
Esta amiga –Laura o Judith− tendrá cualquier nariz –pongamos aguileña−, cualquier cabello −canela−, cualesquiera ojos −pardos−, y será larguirucha y voluntariosa.
Puede vivir al cabo de una calle sucia.
Puede tener amigas muy alegres con quienes celebre sesiones animadas, que salpicarán el cuento como el lodo un vestido nuevo, al manotazo de un caballo en una charca.
El pequeño sociólogo, ¡oh maravilla!, tendrá que ir dos veces por semana al cabo de la calle conocida y dará vueltas junto a la puerta, mirando a todos lados, azorado, procurando evitar un mal encuentro. Cuando le arroje a la ventana la piedrecilla del silbido, ella hará gruñir los cristales y le contestará con la rabia de sus ojos.
Naturalmente, ella debe divertirse a costa de él, aunque con él no le sea posible divertirse.
Y como el sociólogo no tendrá mal olfato, y como casi nunca sabrá lo que decir, ha de toser un poco enojado.
−Oíte, Laura –o Judith−, yo creo que aquí no has estado sola. Dime de quien es esa colilla.
Ella lo aplastará con el silencio.
Entonces, el sociólogo, acoquinado, tendrá que callar también un rato.
−Bueno, Laura –o Judith−, no seas así. Parece que yo viniera a pedirte… por caridad. Anoche has estado con uno de mis amigos y él me lo contó, sin saber que…
Gran reacción:
− ¡Ve, animal: ya no puedo aguantarte más tus cochinadas. Si vienes otra vez con esas, te rajo la cabeza!
Pensamiento:
«Si esta mujer me raja la cabeza, ¿qué dirá la opinión pública?»

(De Un hombre muerto a puntapiés, 1927)


Tomado de: PALACIO, Pablo, “El Cuento”, en: Pablo Palacio ‘Obras Escogidas’, pp. 53-54, Colección Cuarto Creciente 2004, 1ra. Edición, Campaña Nacional Eugenio Espejo por el Libro y la Lectura, Quito, 2004. Edición anterior “Obras escogidas”, Editorial Casa de la Cultura Ecuatoriana, Quito, 1964.

martes, 2 de marzo de 2010

Dodecálogo del Cuentista

  • (ensayo)
    Por Andrés Neuman
  • i. Contar un cuento es saber guardar un secreto.
  • ii. Aunque hablen en pretérito, los cuentos siempre suceden «ahora». No hay tiempo para más ni falta que hace.
  • iii. El excesivo desarrollo de la acción es la anemia del cuento, o su muerte por asfixia.
  • iv. En las primeras líneas un cuento se juega la vida; en las últimas líneas, la resurrección. En cuanto al título, paradójicamente, si es demasiado brillante se olvida pronto.
  • v. Los personajes no se presentan: actúan.
  • vi. La atmósfera puede ser lo más memorable del argumento. La mirada, el personaje principal.
  • vii. El lirismo contenido produce magia. El lirismo sin frenos, trucos.
  • viii. La voz del narrador tiene tanta importancia que no debe escucharse demasiado.
  • ix. Corregir: reducir.
  • x. El talento es el ritmo. Los problemas más sutiles empiezan en la puntuación.
  • xi. En el cuento, un minuto puede ser eterno y la eternidad caber en un minuto.
  • xii. Narrar es seducir: jamás satisfagas del todo la curiosidad del lector.


Tomado de: NEUMAN, Andrés, “Dodecálogo del cuentista”, en el apartado tercero: “Ensayo”, 2do. Enunciado ‘Reflexiones sobre el cuento’, en la revista Eskeletra Post No. 12, p. 37, Eskeletra Editorial, Quito, mayo 2009.

El Padre

(Cuento-Lectura)
Por Raymond Carver

El bebé estaba en una canasta al lado de la cama, y llevaba puesto un pelele y un gorro blanco. La canasta de mimbre estaba recién pintada, acolchada con pequeños edredones azules y sujeta con cintas de color azul claro. Las tres hermanitas y la madre, que se acababa de levantar de la cama y aún no se había despertado del todo, y la abuela rodeaban todas al bebé y observaban cómo miraba con fijeza y de cuando en cuando se llevaba el puño a la boca. No sonreía ni reía, pero a veces parpadeaba y movía la lengua entre los labios cuando una de las niñas le pasaba la mano por la barbilla.
El padre estaba en la cocina y le oía jugar con el bebé.
– ¿A quién quieres tú pequeñín? –dijo Phyllis–, y le hizo cosquillas en la barbilla.
–Nos quiere a todos –dijo Phyllis–, pero al que quiere de veras es a papá, ¡porque papá también es chico!
La abuela se sentó en el borde de la cama y dijo:
– ¡Mirad su bracito! Tan gordo. ¡Y esos deditos! Igualitos que los de su madre.
– ¿No es una preciosidad? –dijo la madre–. Tan sano, mi niñito. –Se inclinó sobre la cuna, besó al bebé en la frente y tocó la colcha que le tapaba el brazo–. Nosotros también le queremos.
– ¿Pero a quién se parece, a quién se parece? –exclamó Alice, y todas ellas se acercaron a la canasta para ver a quién se parecía.
–Tiene los ojos bonitos –dijo Carol.
–Todos los bebés tienen los ojos bonitos –dijo Phyllis.
–Tiene los labios del abuelo –dijo la abuela–. Fijaos en esos labios.
–No sé... –dijo la madre–. No sabría decir.
– ¡La nariz! ¡La nariz! –gritó Alice.
– ¿Qué pasa con su nariz? –preguntó la madre.
–En la nariz se parece a alguien –dijo la niña.
–No, no sé... –dijo la madre–. No creo.
–Esos labios... –dijo entre dientes la abuela–. Esos deditos... –dijo, destapando la mano del bebé y extendiéndole los menudos dedos.
– ¿A quién se parece este niño?
–No se parece a nadie –dijo Phyllis. Y todas se acercaron aún más a la canasta.
– ¡Ya sé! ¡Ya sé! –dijo Carol–. ¡Se parece a papá! –Todas miraron al bebé de muy cerca.
– ¿Pero a quién se parece papá? –preguntó Phyllis.
– ¿A quién se parece papá?– repitió Alice, y entonces todas ellas miraron a la vez hacia la cocina, donde el padre estaba en la mesa, de espaldas a ellas.
– ¡Vaya, a nadie! –dijo Phyllis, y se puso a lloriquear un poco.
–Calla –dijo la abuela, apartando la mirada. Luego volvió a mirar al bebé.
– ¡Papá no se parece a nadie! –dijo Alice.
–Pero tendrá que parecerse a alguien –dijo Phyllis, secándose los ojos con una de las cintas. Y todas salvo la abuela miraron al padre, que seguía sentado en la cocina.
Se había dado la vuelta en su silla y tenía la cara pálida y sin expresión.

***

Tomado de: CARVER, Raymond, “El Padre”, en el segundo apartado: “Cuento”, en la revista Eskeletra Post No. 12, p. 10, Eskeletra Editorial, Quito, mayo 2009.

sábado, 6 de febrero de 2010

Relojes

(Lectura, Cuento)
Por Abdón Ubidia

Cuando aparecieron los primeros relojes digitales me apresuré a comprar uno en la tienda de Hans Maurer. Apenas fue mío comprendí el verdadero alcance de mi decisión. No me asombraba la ausencia de ruedecillas dentadas, resortes, áncoras y clavijas. No me asombraba el fluir de la corriente por el laberinto de circuitos integrados y cristales de cuarzo. Tampoco la pérdida del tic tac, que durante tantos siglos fuera la verdadera música del tiempo.
Me asombraba la diminuta pantalla que había venido a sustituir a la esfera de manecillas.
Al enjuto, enigmático, reticente Maurer, le explico bien: la esfera marcada nos recuerda una concepción del mundo protectora y de algún modo feliz: el tiempo da vueltas. Cada culminación es un nuevo comienzo. No hay ruptura entre las partidas y los arribos. El pasado y el presente y aún el futuro se muestran ante nuestros ojos en una continuidad circular. Las agujas abandonan con pasos de hormiga aquello que ya no es y siguen en pos de aquello que indefectiblemente será. Uno puede ver su camino. Señalar su retorno. Y al verlas uno puede decirse que los días se repetirán siempre con sus mañanas y sus noches. Que los ciclos existen. Que nos repetiremos también en nuestros hijos como nuestros padres en nosotros. Que perduraremos.
De pronto la maldita pantalla digital viene a cambiar todo esto. Los números aparecen y señalan un presente puntual. Cada instante es distinto del que precede. Los números emergen o se hunden en una nada sin rastros. Allí no existen decursos sino reemplazos. El tiempo asoma abierto. Ha perdido su rumbo circular y carece de límites. Es apenas un presente instantáneo. El futuro es un desierto blanco y helado. El pasado se esfuma. Es un abismo también blanco que se abre y desmorona detrás de nuestros talones con cada paso que damos. Yo no sé si otros verán lo que yo veo ahí: una soledad infinita. El abandono. La total desprotección. Esos relojes han venido a enseñarnos nuestra orfandad. La gran mesa redonda que juntaba tantas cosas no existe más.
Hans Maurer, sonríe. Pero yo insisto:
–Es posible que cada edad invente los instrumentos con los que se mide a sí misma. Es posible que cada era escoja sus propios modos de entenderse, según sea su propia conveniencia. La forma circular de engranajes, esferas y movimientos de los relojes mecánicos (con sus ejes obligados), no sería entonces casual ni el fruto de una necesidad puramente física. Sería, pues, aparte de lo ya dicho, la realización de una búsqueda: la de un centro ordenador, la de un sentido central que lo organice todo.
Temo, entonces, y no me avergüenza confesarlo, que los relojes digitales, aparte del tiempo, estén midiendo además otro continente que no alcanzo a comprender bien. Tal vez el de un gran desierto blanco, vacío, sin centro y sin sentido.
De tarde en tarde (a pesar de nuestra mutua repulsión) me llego a la tienda de Maurer. Examino cada modelo que él me muestra. Tengo la esperanza, cada vez más vaga, de encontrar algo cualitativamente distinto que pueda reemplazar al reloj digital que él me vendió.
En este ir y venir de su tienda, hace poco Maurer me jugó una mala pasada: me ofreció el único reloj que yo no quería poseer. Algún demonio macabro lo había inventado hacía muy poco. Estaba equipado con sensores que detectaban los signos vitales de su dueño. Por eso tenía (sí) manecillas. Pero estas giraban en dirección contraria a la usual. Giraban al revés. Y su marcha se aceleraba conforme se aproximaba la muerte del usuario.
La sonrisa de Maurer se abrió como un hueco negro en su cara blancuzca cuando me lo ofreció.
Sabía que entre el horror que palpitaba, silencioso, en mi reloj de pulsera y aquel otro, burdamente físico, que exhibía en su mano extendida, yo no podía escoger.
***
(De Divertinventos, 1989)

Tomado de: UBIDIA, Abdón, “Relojes”, en el 2do. Apartado: ‘Cuentos Fantásticos’, en: «Cuentos» de Abdón Ubidia, pp. 125-127, Colección Cuarto Creciente 2004, 1ra. Edición, Campaña Nacional Eugenio Espejo por el Libro y la Lectura, Quito, 2004.

lunes, 18 de enero de 2010

Un artista del trapecio

(Lectura, Cuento)
Por Franz Kafka.

Un artista del trapecio –como se sabe, este arte que se práctica en lo alto de las cúpulas de los grandes circos es uno de los más difíciles entre todos los asequibles al hombre– había organizado su vida de tal manera –primero por afán profesional de perfección, después por costumbre que se había hecho tiránica–, que, mientras trabajaba en la misma empresa, permanecía día y noche en el trapecio. Todas sus necesidades –por otra parte muy pequeñas– eran satisfechas por criados que relevaban a intervalos y vigilaban debajo. Todo lo que arriba se necesitaba lo subían y bajaban en cestillos construidos para el caso.
De esta manera de vivir no se deducían para el trapecista dificultades especiales con el resto del mundo. Solo resultaba un poco molesto durante los demás números del programa, porque como no se podía ocultar que se había quedado arriba, aunque permanecía quieto, siempre alguna mirada del público se desviaba hacia él. Pero los directores se lo perdonaban, porque era un artista extraordinario, insustituible. Además era sabido que no vivía así por capricho y que solo de aquella manera podría estar siempre entrenado y conservar la extrema perfección de su arte.
Además, allá arriba se estaba muy bien. Cuando, en los días cálidos de verano, se abrían las ventanas laterales que corrían alrededor de la cúpula y el sol y el aire irrumpían en el ámbito crepuscular del circo, era hasta bello. Su trato humano estaba limitado, naturalmente. Alguna vez trepaba por la cuerda de ascensión algún colega de «turné», se sentaba a su lado en el trapecio, apoyado uno en la cuerda de la derecha, otro en la de la izquierda, y charlaban largamente. O bien los obreros que reparaban la techadumbre cambiaban con él algunas palabras por una de las claraboyas, o el electricista que comprobaba las conducciones de la luz en la galería más alta le gritaba alguna palabra respetuosa, si bien poco comprensible.
A no ser entonces, estaba siempre solitario. Alguna vez un empleado, que erraba cansadamente a las horas de la siesta por el circo vacío, elevaba su mirada a la casi atrayente altura, donde el trapecista descansaba o se ejercitaba en su arte sin saber que era observado.
Así hubiera podido vivir tranquilo el artista del trapecio a no ser por los inevitables viajes de lugar en lugar que le molestaban en sumo grado. Cierto es que el empresario cuidaba de que este sufrimiento no se prolongara innecesariamente.
El trapecista salía para la estación en un automóvil de carreras que corría, a la madrugada, por las calles desiertas, con la velocidad máxima; demasiado lenta, sin embargo, para su nostalgia del trapecio.
En el tren estaba dispuesto un departamento para él solo, en donde encontraba, arriba, en la redecilla de los equipales, una sustitución mezquina –pero en algún modo equivalente– de su manera de vivir.
En el sitio de destino ya estaba enarbolado el trapecio mucho antes de su llegada, cuando todavía no se habían cerrado las tablas ni colocado las puertas. Pero para el empresario era el instante más placentero aquel en que el trapecista apoyaba el pie en la cuerda de subida y en un santiamén se encaramaba de nuevo sobre su trapecio.
A pesar de todas estas precauciones, los viajes perturban gravemente los nervios del trapecista, de modo que por muy afortunados que fueran económicamente para el empresario, siempre le resultaban penosos.
Una vez que viajaban, el artista en la redecilla, como soñando, y el empresario recostado en el rincón de la ventana, leyendo un libro, el hombre del trapecio le apostrofó suavemente. Y le dijo, mordiéndose los labios, que en lo sucesivo necesitaba para su vivir, no un trapecio, como hasta entonces, sino dos, dos trapecios, uno frente a otro.
El empresario accedió enseguida. Pero el trapecista, como si quisiera mostrar que la aceptación del empresario no tenía más importancia que su oposición, añadió que nunca más, en ninguna ocasión, trabajaría únicamente sobre un trapecio. Parecía horrorizarse ante la idea de que pudiera acontecerle alguna vez. El empresario, deteniéndose y observando a su artista, declaró nuevamente su absoluta conformidad. Dos trapecios son mejor que uno solo. Además, los nuevos ejercicios serían más variados y vistosos.
Pero el artista se echó a llorar de pronto. El empresario, profundamente conmovido, se levantó de un salto y le preguntó qué le ocurría, y como no recibiera ninguna respuesta, se subió al asiento, le acarició y abrazó y estrechó su rostro contra el suyo, hasta sentir las lágrimas en su piel. Después de muchas preguntas y palabras cariñosas, el trapecista exclamó, sollozando:
–Solo con una barra en las manos, ¡cómo podría yo vivir!
Entonces, ya fue muy fácil al empresario consolarle. Le prometió que en la primera estación, en la primera parada y fonda, telegrafiaría para que instalasen el segundo trapecio, y se reprochó a sí mismo duramente la crueldad de haber dejado al artista trabajar tanto tiempo en un solo trapecio. En fin, le dio las gracias por haberle hecho observar al cabo aquella omisión imperdonable. De esta suerte, pudo el empresario tranquilizar al artista y volverse a su rincón.
En cambio, él no estaba tranquilo; con grave preocupación espiaba, a hurtadillas, por encima del libro, al trapecista. Si semejantes pensamientos habían empezado a atormentarle, ¿podrían ya cesar por completo? ¿No seguirían aumentando día por día? ¿No amenazarían su existencia? Y el empresario, alarmado, creyó ver en aquel sueño aparentemente tranquilo, ene que habían terminado los lloros, comenzar a dibujarse la primera arruga en la lisa frente infantil del artista del trapecio.
***

Tomado de: KAFKA, Franz, ‘Un Artista del trapecio’, 3er. apartado, en La Metamorfosis, Alianza Editorial, 10ma. Edición, Madrid, 1975.

lunes, 28 de diciembre de 2009

Los Nueve Millones de Nombres de Dios

(LECTURA-Cuento)
Por Arthur C. Clarke


El doctor Wagner se contuvo haciendo un esfuerzo. La cosa tenía mérito.
Después dijo:
­­–Su pedido es un poco desconcertante. Que yo sepa, es la primera vez que un monasterio tibetano encarga una maquina de calcular electrónica. No quisiera parecer curioso, pero estaba lejos pensar que un establecimiento de esta naturaleza tuviese nece­sidad de aquella máquina. ¿Puedo preguntarles qué piensa hacer con ella?
El lama se ajustó los faldones de su túnica de seda y dejó sobre la mesa la regla de cálculo con la que acababa de hacer la conversión de libras en dólares.
–Con mucho gusto. Su calculadora electrónica tipo cinco puede hacer, si su catálogo no miente, todas la operaciones matemáticas hasta diez decimales. Sin embargo, me interesan letras y no números. Tendría que pedirles que modificasen el circuito de salida, de modo que imprimiese letras en vez de columnas de cifras.
–No acabo de comprender...
–desde la fundación de nuestro monasterio, hace más de de tres siglos, nos hemos venido consagrando a cierta labor. Es un trabajo que acaso le parezca extraño, y por ello le pido que me escuche con espíritu abierto.
–De acuerdo.
–Es sencillo. Estamos redactando la lista de todos los nombres posibles de Dios.
– ¿Cómo?
El lama prosiguió, imperturbable:
–Tenemos excelentes razones para creer que todos estos nombres requiere, como máximo, nueve letras de nuestro alfabeto.
– ¿Y han estado haciendo esto durante tres siglos?
–Sí. Y hemos calculado que necesitaremos quince mil años para completar nuestra tarea.
El doctor lanzó un silbido ahogado, como si estuviera un poco aturdido.
–O. K. Ahora comprendo por qué quiere usted alquilar una de nuestras máquinas. Pero ¿cuál es el objeto de la operación?
El lama vaciló una fracción de segundo, y Wagner temió haber molestado a aquel singular cliente que acababa de hacer el viaje de Lhassa a Nueva York con una regla de calcular y el catálogo de la «Compañía de Calculadoras Electrónica» en el bolsillo de su túnica de color azafrán.
–Puede llamarlo ritual si así lo quiere –respondió el lama–, pero tiene una gran importancia en nuestra fe. Los nombres del Ser Supremo, Dios, Júpiter, Jehová, Alá, etc., no son más que rótulos escritos por los hombres. Consideraciones filosóficas demasiado complejas para que se las exponga ahora nos ha dado la certidumbre de que, entre todas las permutaciones y combinaciones posibles de letras, se encuentran los verdaderos nombres de Dios. Pues bien, nuestro objeto consiste en encontrarlos y escribirlos todos.
–Ya comprendo. Han empezado ustedes con A.A.A.A.A.A.A.A.A. y terminarán con Z.Z.Z.Z.Z.Z.Z.Z.Z.
–Con la diferencia de que utilizaremos nuestro alfabeto. Desde luego, supongo que les será fácil modificar la máquina de escribir electrónica adaptándola a nuestro alfabeto. Pero hay otro problema más interesante, la disposición de circuitos especiales que eliminen las combinaciones inútiles. Por ejemplo, ninguna de las letras debe aparecer más de tres veces sucesivamente.
– ¿Tres? Querrá decir dos.
–No. Tres. Pero la explicación detallada requeriría demasiado tiempo, aunque comprendiera usted nuestra lengua.
Wagner dijo, precipitadamente:
–Claro, claro. Prosiga.
–Le será fácil adaptar su calculadora automática para este punto. Convenientemente dispuesta, una máquina de este tipo puede permutar las letras unas tras otras e imprimir el resultado. De esta manera concluyó el lama tranquilamente–, lograremos en cien días lo que nos habría costado quince mil años más.
El doctor Wagner creyó perder el sentido de la realidad. Las luces y los ruidos de Nueva York parecían esfumarse al llegar a las ventanas del building. Allá, a lo lejos, en su remoto asilo montañoso, los monjes tibetanos componían desde hacía trescientos años, generación tras generación, su lista de nombres desprovistos de sentido... ¿Acaso la locura de los hombres no tiene un límite? Pero el doctor Wagner no debía manifestar sus pensamientos. El cliente siempre tenía la razón...
Respondió:
–No cabe duda de que podemos modificar la máquina tipo cinco de manera que imprima las listas como usted desea. Me preocupa más la instalación y el manejo. Además no será fácil transportarla al Tíbet.
–Esto puede arreglarse. Las piezas sueltas son lo bastante pequeñas para que puedan transportarse en avión. Por esto hemos escogido la máquina de ustedes. Envíen las piezas a la India, y nosotros nos encargaremos de los demás.
– ¿Desean los servicios de dos de nuestros ingenieros?
–Sí, para montar la máquina y vigilarla los cien días.
–Enviaré una nota a la dirección del personal –dijo Wagner, escribiendo en un bloc–. Pero aún hay dos cuestiones más que resolver...
Antes de que pudiese terminar la frase, el lama había sacado del bolsillo una hijita de papel.
–Aquí tiene el estado, certificado, de mi cuenta en el Banco Asiático.
–Muchas gracias. Perfectamente... Pero, si me permite, hay otra cuestión, tan elemental que casi no me atrevo a mencionarla. A menudo ocurre que se olvidan las cosas más evidentes... ¿Disponen de energía eléctrica?
–Tenemos un generador Diesel eléctrico de cincuenta kilovatios y ciento diez voltios. Fue instalado hace cinco años y funciona bien. Nos facilita la vida en el monasterio. Lo compramos principalmente para hacer girar las molinos de oración.
–Ah, ya. Naturalmente. Hubiese debido pensarlo...

La vista, desde el parapeto, producía vértigo. Pero uno se asombra a todo.
Tres meses habían transcurrido, y a George Hanley no le impresionaban ya los seiscientos metros de caída vertical que separaban el monasterio de los campos cuadriculados del llano. Apoyado en las piedras redondeadas por el viento, el ingeniero contempla con ojos cansinos las montañas lejanas cuyos nombres ignoraba. «La operación nombre de Dios», según la había bautizado un humorista de la Compañía, era sin duda el trabajo más desconcertante en que jamás hubiera participado.
Semana tras semana, la maquina tipo cinco modificada había llenado miles y miles de hojas con sus inscripciones absurdas. Paciente e inexorable, la máquina calculadora había agrupado las letras del alfabeto tibetano en todas las combinaciones posibles, agotando una serie tras otra. Los monjes recortaban ciertas palabras al salir de la máquina de escribir eléctrica y las pegaban devotamente en unos enormes registros. Dentro de una semana, su trabajo habría terminado.
Hanley ignoraba qué cálculos oscuros los habían llevado a la conclusión de que no hacía falta estudiar conjunto de diez, de veinte, de cien o mil letras, y no tenía ningún empeño en saberlo. En sus pesadillas soñaba algunas veces que el gran lama decidía bruscamente complicar un poco más la operación y que había que proseguir el trabajo hasta el año 2060. El hombre parecía muy capaz de una cosa así.
Crujió la pesada puerta de madera. Chuck se reunió con él en la terraza. Chuck estaba fumando un cigarro, como de costumbre. Se había hecho popular entre los lamas repartiéndoles habanos. «Aquellos individuos podían estar completamente desquiciados –pensó Hanley–, pero no tenían nada de puritanos.» Las frecuentes excursiones al pueblo no habían carecido de interés.
–Escucha, Georges –dijo Chuck–, estoy preocupado.
– ¿Se ha estropeado la máquina?
–No.
Chuck se sentó en el parapeto. Fue algo sorprendente, pues, de ordinario, temía al vértigo.
–Acabo de descubrir el objeto de la operación.
– ¡Pero si ya lo sabíamos!
–Sabíamos lo que querían hacer los monjes, pero ignorábamos el porqué.
– ¡Bah! Están chalados...
–Escucha, Georges, el anciano acaba de explicármelo. Piensan que cuando se hayan escrito todos estos nombres (que, según ellos, son unos nueve mil millones), se habrá alcanzado al divino designio. La raza humana habrá cumplido la misión para la que fue creada.
–Y después, ¿qué? ¿Esperan, acaso que nos suicidemos?
–Sería inútil. Cuando la lista esté terminada, intervendrá Dios, y todo habrá acabado.
– ¿Se acabará el mundo?
Chuck lanzó una risita nerviosa.
–Esto es lo mismo que le he dicho al anciano. Entonces él me ha mirado de un modo extraño, como el maestro a un discípulo particularmente lerdo, y me ha dicho: « ¡Oh, no será una cosa tan insignificante!»
Georges reflexionó un momento.
–Es un tipo que, por lo visto, tiene grandes ideas –dijo–, pero no veo que cambie nada la situación. Ya habíamos convenido en que están locos.
–Sí. Pero ¿no te das cuenta de lo que puede ocurrir? Si, terminadas las listas, no suenan las trompetas del ángel Gabriel, en su versión tibetana, pueden pensar que es por culpa nuestra. A fin de cuentas, utilizan nuestra máquina. No me gusta esto...
–Comprendo... –dijo Georges, muy despacio–, pero ya he visto otros casos parecidos. Cuando yo era pequeñín, hubo en Luisiana un predicador que anunció el fin del mundo para el domingo siguiente. Centenares de personas lo creyeron. Incluso algunas vendieron sus casas. Pero nadie se encolerizó cuando pasó el domingo. La mayoría pensó que había sido sólo un pequeño error de cálculo, y muchos de ellos siguen creyendo igual.
–Para el caso de que no lo hayas notado, debo advertirte que no estamos en Luisiana. Estamos solos, los dos, entre centenares de monjes. Son muy simpáticos, pero preferiría hallarme lejos cuando el viejo lama se dé cuenta del fracaso de la operación.
–Hay una solución: un pequeño sabotaje inofensivo. El avión llega dentro de una semana, y la máquina acabará su trabajo en cuatro días, a razón de veinticuatro horas por día. Sólo tenemos que hacer una reparación que dure tres o cuatro días. Si calculamos bien el tiempo, podemos hallarnos en el aeropuerto cuando salga de la máquina la última palabra.
Siete días más tarde, cuando sus caballitos montañeros descendían la carretera en espiral, Hanley dijo:
–Siento un poco de remordimiento. No hubo porque tenga miedo, sino porque me dan pena. No quisiera ver la cara que pondrá esta buena gente cuando se detenga la máquina.
–Si no me equivoco –dijo Chuck–, han adivinado perfectamente que huíamos, y les ha tenido sin cuidado. Ahora saben que la máquina es absolutamente automática y que huelga toda vigilancia. Y también creen que no habrá un después.
Georges se volvió en la silla y se quedo dormido. La mole del monasterio recortaba su parda silueta sobre el sol poniente. Unas lucecitas brillaban de vez en cuando bajo la masa sombría de las murallas, como los tragaluces de un navío en ruta. Eran lámparas eléctricas suspendidas en el circuito de la máquina numero cinco.
« ¿Qué sucedería con la calculadora eléctrica? –Se preguntó Georges–. ¿La destruirían los monjes, a impulsos del furor y el desengaño? ¿O volverían a comenzar de nuevo?»
Como si todavía estuviesen allí, veía todo lo que pasaba en aquel momento en la montaña, detrás de las murallas. El gran lama y sus auxiliares examinaban las hojas, mientras los novicios recortaban nombres extravagantes y los pegaban en el enorme cuaderno. Y todo esto se realizaba en medio de un religioso silencio. No se oía más que el tableteo de la máquina, golpeando el papel como una lluvia mansa. La propia máquina calculadora, que combinaba millares de letras por segundo, era absolutamente silenciosa...
La voz de Chuck interrumpió sus sueños.
– ¡Míralo! ¡He ahí una visión agradable!
Semejante a una minúscula cruz de plata, el viejo avión de transporte «DC 3» acaba de posarse allá abajo, en el pequeño aeródromo improvisado. Esta visión daba ganas de beber un buen trago de whisky helado. Chuck empezó a cantar, pero se interrumpió de pronto. Las montañas parecían restarle ánimos.
Georges consultó su reloj.
–Estaremos en el llano dentro de una hora –dijo. Y añadió–: ¿Crees que habrá terminado el cálculo?
Chuck no respondió, y Georges levantó la cabeza. Vio que el rostro de Chuck estaba muy pálido, vuelto hacia el cielo.
–Mira –murmuró Chuck.
Georges, a su vez, levantó los ojos.
Por última vez, encima de ellos, en la paz de las alturas, las estrellas se apagaban una a una...
***

Tomado de: PAUWELS Louis y BERGIER Jacques, Cap. III “Los Nueve Millones de Nombres de Dios”, pp. 158-163, del último apartado ‘Las Civilizaciones Desaparecidas’, de la Primera Parte; en, El Retorno de los Brujos (Martin des Magiciens, 1960), Ediciones Nacionales - Círculo de Lectores, Plaza y Janés S.A. Editores, 1962, impreso en Bogotá, 1980.